GOTERAS

La noche del jueves fue dura y húmeda, y no de la mejor manera. Eran casi las cuatro y media de la madrugada y yo estaba parada, fumando, con la ventana abierta viendo caerse el cielo en una lluvia exagerada. Si entraba agua ya no importaba, porque hasta ese momento, ya tenía cinco goteras adentro que no dejaban de llorar. Había creado una frontera con toallas y trapos a todo lo ancho de mi monoambiente, entre el ventanal y mi cama. En el intento de silenciar el intermitente sonido de todas las gotitas, se me rompió la maceta blanca de mi pequeñísimo árbol de la abundancia (¿casualidad o causalidad?). El dragoncito de Cracovia que era de mi papá, y que yo había puesto como adorno adentro del pote, al caer al suelo se desprendió de su base de vidrio. La frustración e ira escalaron por mis pies en un microsegundo. Pero intenté controlarlas. Intenté tomar todo eso como un aprendizaje. Por eso lo único que hice en ese momento, fue levantar al arbolito, ponerlo en un recipiente temporal y abrí la ventana para fumar, pensando que, quizás esta lluvia, que amenazaba con dejarme sin casa, era parte del karma que me toca pagar. Había aceptado que no iba a tener una buena noche, lo supe desde el inicio del día, cuando la primera gota, – de la lluvia de la noche anterior-, se escurrió por las rajaduras del techo y cayó justo sobre mi frente, también es cierto que no estaba preparada a que fueran tres noches iguales y consecutivas.

Además estaba enferma. Enfermísima. Entre aguacero y goteras, también se sumó una fiebre absurda y burlona. En los pocos momentos en que había logrado cruzar el sopor de un dormir enfermo, había sudado por todos los poros de mi cuerpo, decidido (mi cuerpo) a expulsar los demonios que tenía adentro. Parada frente a la ventana, a las cuatro y media de la madrugada, viendo el cielo deshacerse y mis frustraciones gotear por el techo de mi pequeña alma, vestía un pantalón deportivo, medias impares que había recolectado a la luz de la estufita eléctrica, una bufanda gruesa, un gorro de lana y estaba envuelta en una frazada, protegiendo mi torso desnudo de la noche helada. Si tenía frío o no, ya no podía diferenciarlo. Y al final de la noche, y de la lluvia, cuando el cielo empezó a pintarse de azul oscuro, anunciando el alzamiento de un nuevo día, no me quedaban toallas ni trapos secos, ni ganas de secar la casa, ni de sacarme a mí de la caja.

Aceptando el aislamiento, quise expulsar todo lo malo que hubiera en mí, así como un ritual, un exorcismo o una confesión. Sabía que no iba a ser bonito, que iba a doler y que muchas veces, en el proceso, me iba a arrepentir. Creo que todo eso, de alguna manera, era necesario. Ya no podía escapar, y tampoco tenía fuerzas para seguir escapando. Era inútil preguntarme de nuevo “¿qué hago acá?” porque la respuesta estaba ahí, en mis narices, goteando insistente, en cada gota de sudor de mi cuerpo aislado, mojando las paredes, el suelo, mi inconsciente; estaban presentes en cada despertar desordenado. Las respuestas estaban ahí, en la lluvia acusadora y violenta que golpeaba la ventana, en el frío del agua acumulada en los fuentones y en el olor de la tierra de las macetas.

La lluvia siguió intermitente el día y la noche siguiente, y la siguiente. Tres noches de lluvia intensa y el agua sudando, siguiendo el borde del techo. Contar la cantidad de filtraciones ya no tenía sentido. Intentar dormir tampoco. Afuera: un silencio de invierno húmedo y cafés calientes. Adentro: un silencio cargado de pensamientos. Yo, mientras tanto, daba vueltas, de la ventana al escritorio, del escritorio a la ventana. Atrapada, un poco a propósito y un poco forzada, en mi propia caja con agujeros, entre mis pañuelos, sopas instantáneas y el cenicero.

Finalmente dejó de llover y a lo lejos se escucha una parva de cuervos chillando. No han esperado a que se sequen los techos para salir a recolectar restos. La tormenta debe haber dejado más corazones muertos en la calle que el mío agrietado. El sol apenas se asoma rencoroso entre las nubes, pero ya se está alejando, dejándonos fríos y solos, nuevamente. Es una tarde gris e inacabada. Yo pienso en él y no me molesta. Quizás porque su presencia se ha vuelto fría y líquida, y se ha filtrado por las rajaduras del corazón, dejándome la espalda dura, las paredes húmedas y las fotos durmiendo en una caja, sin agujeros y sin goteras, fumando a las cuatro de la mañana.

Ivana Taft

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