El arrastre.

Entonces, como tantas otras veces, lo llamó. No a él, a eso. Lo llamó, como todas las veces, cuando la oscuridad de su ser había despertado. Con el inconsciente consciente lo llamó. Lo llamó, sabiendo lo que sería tener su espíritu rondando por su cama, pero quiso que viniera igual, aceptando incluso que abriría su pecho y le arrancaría el corazón de la forma más perversa. Sabía que la desnudaría mucho antes de que ella pueda desearlo, que la haría sentir pequeña. Pero no le importaba, ya estaba rota. Más dolor del que sentía sería solo para lograr encontrar un placer masoquista. Para morir y así quizás revivir nueva. Vaya a saber que carajos quería decir con eso.

Lo buscó. Caminó, conociendo de memoria el camino de ese laberinto. Su arrepentimiento solo la llevó a marchar hacia adelante. Sabía que la olía, que podía distinguir la frustración en su piel, y eso la excitaba de la forma más desesperada. La reconocía aún antes de conocerla. No necesitaba verla para saber que ha vuelto -otra vez y como siempre- herida y derrotada. No necesita que ella le diga nada, sabe las razones que la arrastran hasta allí. Está esperándola y ella sabe que la espera. Está esperándola como siempre, y desde hace un instante. 

Ella sabe que se alimenta de sus excesos, que huele el cansancio en el sudor de su espalda. Sabe que va a devorarle el alma. Pero lo necesita. Necesita sentirse cruda, carne, piel. Necesita el silencio del rechazo en un abrazo de mentira. Necesita sentirse vacía.

La desnuda de frente, le lame los ojos y le abre las venas para que se llene de todo. La envuelve en una baba fantasma y la transporta a un lugar donde nunca estuvieron y nunca estarán; le promete que allí se quedarán, que esa será su guarida cárcel para siempre. Y ella se ahoga de nuevo en algo que no es futuro, ni pasado, ni presente. Es confuso, vicioso, intoxicante. Es un arrastre secreto, cargado de anhelo y de piedad. Es sacarse la venda y sangrar, dejar de pensar y equivocarse. Es un vuelta a empezar. Es un vuelta a caer. Es un vuelta a doler. La cama caliente que la espera. El abrazo de espinas que jamás será distinto. El último trago antes del vómito de una estúpida borrachera. El grito frustrado en la almohada. Las ganas de saltar.

Ivana Taft

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