MAIAMI

Advertencia: lenguaje desnudo.

Entró a la habitación preparado para encontrarse con la peor escena de asesinato que haya visto nunca en alguna película sangrienta. Muy sangrienta. Pero encontrar todo normal le pegó mucho más fuerte en su ego recientemente asesinado. Lo primero que vio fue la cama impolutamente hecha. Se los imaginó ahí y sintió ganas de vomitar. En la cegera de la rabia, arrancó las sábanas y las rasgó, porque sintió que era lo que necesitaba. No quedó satisfecho y fue hasta los cajones, los arrojó por el aire sin importarle que todo rodara por el suelo. Desplumó almohadones y lanzó el cenicero contra el espejo. Después, agotado y humillado, se tiró en el medio de la habitación, con los brazos y piernas extendidas, en el centro de su propio hundimiento. Entregado. Llorando de rabia.

– No fue nada…- murmuró apenas él desde la puerta.

Cerró los ojos. Si se levantaba, lo mataba. Podía imaginárselos en su propia cama. Quería prenderle fuego a todo. Quería desaparecer. Irse volando. Volver a su pasado, a la vida antes de él, cuando fingía que le gustaba las chicas y acababa solo si las cogía de espaldas. Ahí no sentía nada y mentir era más sencillo que exponerse, que entregarse, más sencillo que amar.

Lucas seguía en el umbral de la puerta, con la campera que él le trajo de Maiami, “¡Seguro que mientras garchaban en mi cama!” Piensa. Decide quitársela en cuanto recobre un poco de fuerzas. Y dignidad. No va a dejarle nada y, lo que quede, no quedará en una sola pieza. Él le rompió el corazón primero.

– Me sentía solo y vos trabajabas demasiado…- Empezó a decir tímidamente Lucas. Él tragó saliva, porque si le contestaba, lo mataba. – No me cogías bien desde que volviste de Maiami con esta estúpida campera. – Suelta finalmente Lucas. No espera respuesta: – No me dejabas chupártela, ni cogerte, ni nada. Estabas en otra. O en otro, no sé. ¿Y yo? Y yo quería que me garcharan. Eso. Simplemente. No fue amor, nunca lo es. Con otros nunca lo es. Es sexo, baba, sudor, anónimato.

Ella. Sí: Ella. Una mina me cogió. Con una cinturonga tremenda. Me cogió duro como si supiera. Después la cogí yo. ¡Porque estaba re caliente y tenía la pija dura de no garchar con nadie por meses, Julián! ¿¡Meses sin que me comás la poronga y pensás que está todo bien?! Sos un hipócrita, Julián. Un hipócrita y un boludo. Sí: me cogí a una mina. También estuvo Seba. Nuestro Seba. ¿Y qué te importa si él también la garchó? ¿Qué te pasa? ¿Preocupado por dónde mete él la pija? ¿Te garchás a Seba? ¡Te garchás a Seba! ¿Cómo no lo vi antes? ¡Te re garchás a Seba! ¡Estás enamorado de su pija! ¿Con él te fuiste a Maiami, verdad? ¡Fuiste con él!

Te reclamo todo lo que quiera porque me lo ocultaste todo este tiempo. Lo mío fue una cogida de calentura y listo. Ustedes me dejaron afuera. ¡Que boludo que fui al comerme tu papel de puto reprimido, que “sólo cogía conmigo”! Ahora entiendo porque Seba decidió solo mirar: El muy tarado también está enamorado de vos. Si, me voy. Me voy y no me vas a ver nunca más. ¡Quedáte con esa pija floja, a ver si después de dos o tres polvos le queda algo más! Te prometo que nunca nadie te va a dejar el orto como te lo dejo yo. Chau Julián, me llevo el microondas.

Ivana Taft

Texto improvisado en un taller de escritura creativa. Miércoles, 2.00 de la madrugada. Diciembre 2021.

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