Perdiendo Vuelo

No es necesario confesar que “escapar” es algo que me caracteriza. Basta con leer algunos textos míos para encontrar conexiones, sinónimos y conceptos sobre el mismo tópico, y las mil razones para huir que encuentro tengo siempre de pretexto. Puedo decir que quizás es por dónde y cómo crecí, por la cantidad de mudanzas y kilómetros recorridos con valijas y/o cajas desde que aprendí a escribir. Puedo decir que es por mi signo ascendiente, o por la luna en mercurio o porque en el Tarot siempre me salen las mismas cartas. Puedo decir que es porque soy muy solitaria y -aunque no me cueste rodearme de buena gente- no sé cómo funciona el paso siguiente. Quizás porque soy un lobo estepario[1], o porque me tomo el rol de escritora demasiado en serio. Podría explicar mil veces, encontrar mil razones, pero no serían suficientes.

No siempre logro huir en el momento justo, a decir verdad: casi siempre es en el tiempo incorrecto. Demasiado antes, o demasiado tarde. Muchas veces escapar me encuentra en medio de una tormenta, o caminando por un boulevard a las tres de la mañana, o desvelada y en pijama, mirando la luna con el deseo de alcanzarla, o atascada en el tráfico de la hora pico, o aguardando mi turno en una larga espera. Me ha sorprendido sentada en el sillón viendo las plantas, traspapelada en una terminal con la dirección equivocada, pedaleando sin ganas de volver a casa y en calles nuevas recién transitadas.

Londres-2016

Tratando de escapar he perdido vuelo muchas veces, sin siquiera haber tenido tiempo de abrir mis alas. La sensación de que tengo que emigrar duerme en mi cama sin mi consentimiento, y desmadra cualquier intento de proyecto a largo plazo que me planteo. Y porque a veces es mucho más fuerte que mi propia fuerza, como si ese deseo (ansiedadeseo) fuera pieza clave de mi esencia, esta vez, el modus operandi no fue tan diferente.

Sabía que no iba a llegar ni aunque corriera. Lo supe incluso un día antes, cuando en un arranque de arrebato e independencia, compré el pasaje. Lo supe sentada en la rambla, viendo el sol caer en un mar de olas doradas, cuando trataba de organizar mi mente desordenada. La información cayó en mi cabeza, como las letras chicas que uno nunca lee en los contratos. En el apuro de volar, de irme y de salirme con la mía, no me detuve a quise analizarlo, pero realmente no tenía ningún sentido desde el principio.

Yo quería fluir, “go with the flow”, que los astros guíen mi camino, aunque no fue suficiente. No bastaba con mi deseo impaciente de abrir alas y volar para atravesar mares de responsabilidades y lograr dejar atrás, al menos por un rato, la realidad a la que tanto estamos acostumbrados.

Y aunque sabía que era al pedo, corrí. Crucé puntos de control atestados de gente con barbijos mal puestos y valijas atravesadas entre cintas divisorias. Aguardé, con gran paciencia entrenada, a que revisaran el contenido de mis cosas, que controlaran mis vacunas y que confirmaran que soy un ser humano de este planeta para que le pusieran un sello a mi pasaporte, y crucé el aeropuerto corriendo con mi valijita y la cámara analógica sin tapa golpeándome las costillas. Pero lo sabía. Lo supe mucho antes, como todas esas veces en que sabemos que algo malo va a pasar y, sin embargo, lo seguimos haciendo. Seguimos corriendo.

Praga-2017

Era la última puerta de embarque de todo el condenado aeropuerto. La última. Después de ella no había más que pistas de aterrizaje y las graciosas trompas de los aviones aparcados mofándose de mi en silencio. Llegué dos minutos tarde, pero mi fuga venía fracasando desde que se plantó la idea en mi cabeza sin ninguna aprobación de antemano. No era suficiente el deseo de escapar, necesitaba también estar ahí, usar mis propias alas, dejar mi propio puerto.

Me compuse, después de tragarme las lágrimas, que querían salir hacía ya varios días y que ahora pensaban que tenían una buena excusa que las justificaban, crucé los Dutty-Free y los carritos de valijas super cargadas, murmurando un eterno insulto conjugando todas las malas palabras, mientras trataba de sacar una conclusión a lo que aún no terminaba.

Frente a la ventanilla de reclamos, otras tres personas también habían perdido sus vuelos “técnicamente” de la misma manera que yo. Lo supe por sus enojos y la cantidad de valijas que cargaban (es muy posible que yo cargara con más cosas en la cabeza), y porque además le hicieron saber su descontento a los operadores que aguardaban, protegidos de la frustración del aeropuerto, detrás del vidrio. Respiré mil veces, tratando de calmar la ansiedad y de borrar de mi cabeza la disparatada idea de que me iba a quedar atascada en el aeropuerto para siempre, a lo Tom Hanks. Con muy poquitas horas de sueño, una corrida aeroportuaria y unas ganas de llorar por ese y otros problemas que, al parecer, valían la pena llorar en ese momento, tenía más ganas de contarle mi crisis existencial al hombre del otro lado de la ventanilla, que pelearme por un pasaje de avión nuevo.

Escapar y otros aderezos, entre excusas y ropa, me llevaron hasta allí. Necesitaba cerrar la puerta, apagar la luz dentro de mi cabeza, fantasear con castillos, dragones y otras cenizas del tiempo. Pero salí impulsada por dejar que las cosas se asienten solas un poco lejos y no choqué, pero llegué tarde.

Como castigo y aprendizaje (que nunca aprendo) no me quedó otra que quedarme cuatro horas en el aeropuerto. No tenía otras opciones, era eso o eso. Tenía que sentarme conmigo y finalmente escucharme. Y como soy más amiga del silencio y las palabras se me escapan en el aire, me obligué a escribir(me), para intentar entender(me).

Supongo que cuando realmente no se sabe el destino -porque nunca va a salir en una pantalla señalando la puerta de embarque- tampoco se sabe el tiempo que va a durar el viaje, ni todos los desaciertos, conexiones y puertos donde vamos a estrellarnos, antes de poder finalmente aterrizar sin buscar la vía de escape.

Ivana Taft


[1] Lobo Estepario: Novela de Hermann Hesse. Título original: Steppenwolf

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