Masacres Obsesivas.

Arrastrada por el aire, extraída de su tierra, no dijo ni . “Rápido dolerá menos” pensé, intentando sentirme menos culpable de su dolor, y por eso así lo hice. La agarré de todos sus brazos y la levanté de un tirón, sacudiéndole todas sus raíces, mientras repetía en voz alta el mantra: “esportubien, esportubien”. No quise mirarla hasta no terminar mi trabajo, y no fue hasta finalizado el trabajo, que le vi el brazo cortado. YO LO HICE. Yo se lo corté. Su sangre espesa chorreó tímidamente y yo me quedé con su brazo en la mano, que parecía más una cola de lagarto que cualquier otro tipo de extremidad.

Decidí ocuparme de eso luego. Que no lo viera y se olvidara rápidamente, era mi siguiente objetivo, así que la acomodé a los tirones y la llevé a la parte de atrás; a ese lado olvidado de la casa. A ese lugar al que nunca voy.

Quiero decir, en mi defensa, que traté de acondicionarlo lo mejor que pude con lo poco que había bajo las chapas ardientes por el sol de un agosto inclemente de Mediterráneo. ¡Incluso arreglé a sus compañeras (también recluidas para el olvido) para que todas se sintieran bonitas! Pobrecitas…se veían como si les hubiera pasado de todo tan solo en la hora primera de sus existencias. Les prometí agua en cuanto todo terminara, sabiendo que no era seguro que existiera un final.

Mientras organizaba, repetía en voz alta que no las iba a olvidar allí en el fondo, que las cosas -de ahora en más- iban a cambiar, porque ahora, que ellas estaban ahí, todo sería diferente; me prometí que las iba a cuidar incluso más que las otras y, que jamás ¡jamás! las iba a abandonar.

Cuando la dejé en su nuevo hábitat, con sus nuevas compañeras, cerré la puerta con llave y crucé la habitación entera, antes de percatarme que apretaba entre mis dedos la llave gris y redonda que nunca quitamos de la cerradura. Pero no volví para ponerla de nuevo en su lugar. La cancelé de nuevo.

Había tierra y herramientas, de esa cirugía improvisada, por todos lados. Ordené todo rápido, parecía que quería esconder la evidencia. Supongo que en parte fue así. Y ahí, entre medio de los instrumentos y mis pensamientos, encontré su brazo olvidado, que parecía más una cola de lagarto.

Con cierto placer frío, lo tomé entre mis manos, y sentí que aún estaba vivo. Sabía que su sangre, recorrería la piel que cubre mi rostro, y rejuvenecería las arrugas de angustia que marcan mi frente. Tanta culpa, tanto castigo, tanto sacrificio por su propio bien, dejan marcas que entristecen.

Pero por ahora necesitaba guardarlo en algún lugar para conservarlo. Abrí la heladera: no había mucho espacio en ese desorden alimenticio, asique ubiqué el brazo-cola de lagarto sobre unas bolsas de plástico que descubrí en el primer estante. Pensé que era el mejor lugar para no olvidarme de su existencia. Antes de cerrar la puerta lo miré: parecía descansar placenteramente sobre esa cama improvisada de bolsas, como si yo le hubiera hecho un favor.

Sonreí a esa piel verde con manchitas claras, y me olvidé de ella en el mismo instante que cerré la puerta de la heladera.

Ivana Taft

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