El arrastre.

Su arrepentimiento solo la llevó a marchar hacia adelante. Sabía que la olía, que podía distinguir la frustración en su piel, y eso la excitaba de la forma más desesperada.

Tan absurdo como necesario.

Miro mi teléfono sin siquiera tocarlo. No te voy a escribir, porque no quiero saber que sos real, no quiero saber que recién te levantás y no quiero saber que no tenés nada solucionado. Prefiero tu recuerdo inventado revoloteando como un estúpido fantasma que invoca algo que ya me olvidé de mi pasado.

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