La Ciudad De Los Muertos

Me tomó un largo tiempo ver las fotos que había sacado cuando fui a El Cairo. A decir verdad, mientras escribo esto aún no lo hago. Como si fueran un secreto más de esa tierra, que quiero pero no quiero descubrir. Todavía estoy procesando ese pedazo de realidad mezclada con las absurdas e ingenuas películas de Indiana Jones y Lara Croft que tengo en mi cabeza.

Hay muchas (fotos) que las tengo infiltradas en mi memoria. Las veo y me veo sentada en ese furgón de los noventa, con el estómago pegado a las costillas, divertida y asustada por la histeria y la locura de las calles llenas de tierra y movimiento, por la visión, un tanto irreal, que se refleja del otro lado de la ventanilla, por aquella gente sentada en la acera derritiéndose de calor y con los pies descalzos firmes en la arena. Por los carros atestados con fruta y café peligrosamente estacionados en el borde de las calles de tierra, por las moto-taxis destartaladas que se cuelan entre los coches sin ningún tipo de pudor ni prudencia. Se me mezcla el olor de las narguiles y de los aceites faraónicos que venden en botellas de vidrio a treinta y cinco dólares, y que pueden durar un siglo sin usar. Y me veo a mí misma parada, en short y con una remera con la imagen sonriente de Bob Marley, cubriéndome la cara con mi cámara, retratándolos a ellos como ellos me retratan a mí. A mí: a la extraña, la desnuda, la gringa de piernas blancas, de pie, frente a una mezquita invadida de mujeres tapadas de los pies a la cabeza, rodeadas de niños pequeños descalzos que me observan intentando procesar que soy.

El Cairo-2018

Entramos al país a pie cruzando la frontera entre Israel y Egipto, no entendíamos nada. Nos esperaba un hombre de una edad indefinida y de espíritu amable sentado en una van que nos iba a pasear distraídamente por toda la ciudad del Cairo. Catorce horas nos tomó llegar hasta las pirámides de Guiza. Antes de eso, el camino se abrió entre montañas y el Sinaí, dormido, tranquilo y sereno mientras en sus costas, como un decorado triste y melancólico, cientos y cientos de estructuras descomunales se deshacen en cada soplido del viento, y hermosas habitaciones permanecen vacías, sin oportunidad de atrapar historias de amantes viajeros. Proyectos inconclusos de magníficos hoteles, que murieron antes de nacer y que ahora quedan olvidados como viejos esqueletos de dinosaurios. enterrándose en la arena y fundiéndose entre los cerros.

Deberíamos habernos dado cuenta de lo que Egipto nos estaba mostrando en el primer zarpazo, pero nosotras estábamos tan emocionadas por estar pisando esas tierras que seguíamos pensando en nuestra propia aventura.

Dormimos tiradas en el suelo de la furgoneta. No sé cómo, pero lo hicimos. Cuando el ruido de afuera, y los golpes de mi espalada contra el suelo fueron más fuertes que mi cansancio, me incorporé para encontrarme de frente con una selva de edificios gigantes creciendo y creciendo uno al lado del otro, casi con nada de distancia, cubriendo el sol para todas las ventanas. Los coches se cruzaban con total atrevimiento, impunes sin ninguna ley que los sancionara; y entre tierra y basura, cientos de árabes resistiendo al calor, parados sobre la ruta, esperando que un colectivo los llevara a quiénsabedónde. Todo parecía puesto allí en completo desorden, rápidamente y sin precaución, olvidándolo al instante.

El Cairo-2018

Y en una curva de la inmensa autopista la vimos, así como dibujada, o como si alguien simplemente la hubiera dejado allí (también olvidada) a un costado de la ciudad y aburriéndose al sol: La gran Pirámide de Keops en Guiza, y luego la colosal Esfinge con cientos de turistas como nosotras, recorriendo sus terrenos como hormigas atontadas y medios ciegas por el sol ardiente, mientras los vendedores repetían los precios en inglés, español, japonés, alemán y ruso, blandiendo réplicas de estatuas de gatos y chacales con una mirada faraónica made in China.

Las pirámides y todos sus secretos estaban ahí, frente a nosotras, monumentales, gigantescas, silenciosas. Vestigios de una sociedad perdida, recuerdos desnudos de tanta historia y escenario de tantas obras.

Entre calor y arena, entramos en la más pequeña, la de Menakaura: un pasillo húmedo y silencioso, desnudo, despojado de todo aquello que la convertía en templo funerario, dejándola cómo una simple carcaza, como un simple ataúd gigante. Nos sentamos en su interior, no sé… Quizás para encontrarnos unos segundos con nosotras mismas y nuestros pensamientos, resguardarnos en esa tumba del sol y de la mirada triste de los camellos.

El Cairo 2018

El Cairo es la quinta ciudad más superpoblada en el mundo y se nota. A simple vista se nota. Se mezcla la antigüedad, la pobreza, el socialismo, el Islam y los más de veinte millones de habitantes que viven y sobreviven allí apretados. El quilombo, la contaminación, las bocinas que nunca dejan de sonar, los semáforos que no existen, las frutas que se pudren en la calle junto con suvenires con forma de esfinge y botellas con arena de colores, todo Cairo, “El Caos”, es una cachetada fuerte y seca de esa realidad que no queremos nunca ver. De conciencia. No es para cualquiera. A mí me dejó marcas en la piel, bien adentro, una tristeza y una empatía que no pude soltar y que retengo como un recordatorio de lo que hay afuera, de lo que hay más allá de la belleza de las arenas caribeñas, de los majestuosos museos y de los hermosos campos verdes que oxigenan.

No muy lejos de nosotros, en el mismo mundo, hay una ciudad que nunca duerme, que el ruido y el flujo de gente es el mismo de día y de noche, con una crisis palpable y con una triste represión que encerró a muchos de ellos en su propia ciudad, detenida en la confusa década de los 90 desde hace mucho tiempo.

El Cairo-2018

Las vi. A las fotos. Rápidamente. Todas movidas, fueras de foco. Preciosas. Dignas de ese viaje. Llevé mi cámara vieja, no sé porque, con el peor de mis lentes, no sé porque. Las imágenes son revueltas, confusas, llenas de gente y de arena. Hay muchas fotografías de las calles transitadas sin sentido y me trae a la memoria los ruidos de la ciudad. Fotos en formato 3×4, parecen como diapositivas, con una mancha de grasa en la película, producto de los ya gastados ejes de mi ya gastada cámara. Un aturdido registro de mí aturdido viaje.

La última foto es un desastre, pero yo recuerdo el intento de sacarla. Era un cementerio antiguo en el medio de la ciudad. En el medio de todo. Un pedazo de tierra interminable, desordenado, mal cuidado, con pequeñas cumbres y agudas pendientes, con lápidas y estatuas de todos los tamaños y formas, viejas, roídas por el viento y la arena. Olvidadas. Inclinadas entre ellas, cansadas de estar allí eternamente. Caótico, como la misma ciudad que late.

Lo vi pasar rápidamente por la ventanilla como una vieja proyección, se alejó de mí y no puede seguir su extensión, ni saber hacia a donde iba, pero me dio la sensación de que no terminaba más, que se extendía en el horizonte como miles de piezas de un marchito dominó. Levanté la cámara con mis últimas fuerzas y disparé, aun sabiendo que no tendría absolutamente nada interesante, porque la combi iba demasiado rápido metiéndose en una ancha curva alejándose de mi objetivo y de mis pensamientos. De todos modos la tomé, como un débil intento de retener, en una imagen, la frase que recién había sido pronunciada en un español neutro. Esa sentencia fue para mí el cierre perfecto de esa desordenada experiencia, porque de alguna manera se sintió el peso de miles de espíritus acompañándonos en ese viaje. “Esa es la ciudad de los muertos”

Ivana Taft

El Cairo-2018

5 comentarios sobre “La Ciudad De Los Muertos

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  1. Gracias por convidar un poco del mundo desde tu perspectiva, y tus obturadores bien abiertos, vaya uno a saber si mis ojos algún día vean estas ciudades, pero mientras es bonito que me las cuentes!!

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  2. Me recuerda a mi paso por Bolivia o Beijing, son lugares que no puedo decir que son hermosos, pero es innegable su atractivo, su energía, y los sentimientos que producen de curiosidad, aventura y tristeza (y tanto más)…
    Las pirámides son un destino en mi lista, todavía. Y obvio cámara en mano 🙂

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